He dicho en repetidas ocasiones, que un buen profesional debe contar con una caja de herramientas bien surtida, que le permita realizar su trabajo con la máxima eficiencia y responsabilidad. Entre estas herramientas, los psiquiatras contamos con los psicofarmacos. Aunque en mi opinion, estos son necesarios en determinadas ocasiones, en general no suelen ser suficientes, para el abordaje integral de la problematica de cualquier persona.

Como casi todo en la vida, existen aspectos a favor y en contra para la utilización de una determinada herramienta, siendo lo más difícil, acertar a manejarse en la complejidad de las peculiaridades de cada uno. Hay que buscar el equilibrio.


Para ilustrar lo dicho, vamos a imaginar que como psiquiatra, me dispongo a administrar un tranquilizante a una persona que acaba de vivir una situación catastrófica. Antes de su utilización, debo tener presente que aunque el fármaco le va a proporcionar una sensación de alivio a corto plazo; si prolongo su uso más allá de unos días, ese mismo fármaco, puede impedir la adaptación psicológica al trauma, que normalmente tiene lugar con el paso del tiempo. Es lo mismo que si una persona tiene un terrible dolor de cabeza. Es obvio, que hay que combatir el síntoma (tratamiento paliativo), pero lo verdaderamente sustancial,  es averiguar su causa para actuar sobre ella (tratamiento curativo). 

Otro ejemplo habitual, es el caso de la pérdida de un ser querido. Los fármacos si no se controlan, pueden llegar a impedir el desarrollo normal del proceso del duelo, haciendo que este dure varios años sin resolverse de forma satisfactoria. En este caso como en tantos otros, nos encontramos frente a la necesidad por parte del profesional, de saber medir las consecuencias de sus decisiones.

Tambien sabemos, que en otros estados de ansiedad como son los ataques de pánico o las agorafobias, la utilización de los tranquilizantes, pueden llegar a inhibir el aprendizaje o la adquisición de estrategias alternativas para afrontar el estrés.

En definitiva, se trata de utilizar la “herramienta farmaco”, durante el tiempo necesario hasta que el paciente pueda hacerse cargo de su situación.


En nuestra sociedad, nos hemos acostumbrado en general, a que la soluciones deben ser rápidas, fáciles y que alguien nos las “administre” desde fuera. Cada vez se va perdiendo más, la capacidad de frustración necesaria para enfrentar por nosotros mismos, las dificultades de la vida diaria. En ese sentido, los tranquilizantes, que se introdujeron en la práctica médica como una panacea inofensiva hace casi 60 años, han provocado que muchos millones de personas por todo el mundo, esten cautivas de ellos. Por tanto, es necesario disponer de una buena información sobre su uso y abuso. Desgraciadamente, el exceso farmacológico no solo se limita al campo de los tranquilizantes, sino que actualmente existe un “remedio farmacológico” para casi cualquier dolencia imaginable.

Al no conocernos, desconfiamos de nuestros procesos internos, sin llegar apenas a comunicarnos con nosotros mismos. No sabemos descodificar los mensajes que nos manda el cuerpo. Por eso, dentro de la vertiente didáctica que supone cualquier proceso terapéutico, es imprescindible que el profesional no solo conozca el “lenguaje del síntoma“, sino que debe ser capaz de explicárselo al paciente, para que este pueda empezar a conocerse y a asumir el control de su vida.

Conviene recordar, que en la medida en que la enfermedad no es más que un intento de recuperación de un equilibrio perdido, siempre dispondremos de un tiempo que va entre la aparición del malestar y su cronicidad, para emprender acciones que nos permitan recuperar ese equilibrio.